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De un recibo a una historia

Algodoncito empezó con un recibo de hace veinticuatro años encontrado dentro de un libro. Lo demás fue apareciendo mientras escribía.

Algodoncito no empezó con Ana Lucía, ni con su madre, ni con una habitación decorada como el mar.


Empezó con algo mucho más pequeño: una mujer encuentra un recibo de hace veinticuatro años dentro de un libro usado.


Ese era el ejercicio.


No sabía quién era la mujer. Tampoco sabía qué decía el recibo, por qué estaba dentro del libro o qué iba a significar veinticuatro años después.


Empecé a escribir.


Primero apareció el libro. Después supe que no era simplemente un libro usado: era el primer libro que Ana Lucía había leído con su madre cuando era niña.


Entonces apareció una nota.


Después otra.


Y, poco a poco, dejó de ser la historia de un recibo y empezó a ser la historia de una hija que recuperaba una parte de su infancia justo después de publicar su primer libro.


Mientras escribía aparecieron cosas que no estaban en el ejercicio original: una habitación inspirada en el mar, una red de pesca, unos remos, un cuadro de un acantilado y una silla azul que su padre había construido para ella.


También apareció Algodoncito.


Ese nombre tampoco estaba planeado.


Creo que eso es una de las cosas que más me divierte de escribir: empezar sin saber exactamente a dónde voy.


A veces una idea llega completa. Otras veces solo trae una puerta.


En este caso, la puerta fue un recibo viejo escondido dentro de un libro.


Y decidí abrirla.

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