El paraguas
María vivía sola desde hacía muchos años, acompañada únicamente por un gato. No tenía familia. Nadie la visitaba.

—¡Qué calor hace! —se quejaba María mientras escarbaba en su bolsa de mercado buscando las llaves.
A su alrededor se extendía un entorno triste y vacío: apartamentos deshabitados y paredes que lloraban, sin pintura y cubiertas de moho. El interior de su morada no contaba una historia muy distinta.
María vivía sola desde hacía muchos años, acompañada únicamente por un gato. No tenía familia. Nadie la visitaba.
Con esfuerzo, y con dolor en las manos, María levantó la bolsa y depositó los alimentos sobre la meseta de la cocina.
—¿Qué, no me piensas venir a saludar? —le gritó a Romeo, su único compañero.
Al no recibir respuesta, la octogenaria se dirigió al balcón, donde se percató de la presencia de un paraguas que no le pertenecía.
—¿Y esto? ¿De dónde salió?
Inmediatamente, revisó cada puerta y ventana de su pequeño apartamento en busca de respuestas.
María sentía el corazón latir desesperadamente. No daba crédito a la presencia de aquel paraguas mojado en un día en que el fuerte sol rajaba las piedras.
—Quizás se le cayó a algún vecino de otro piso, pero, si fuera así, no estaría abierto —la señora de cabellos plateados trataba de calmarse a sí misma.
—Miaaaaau.
Romeo saludó con amor y fidelidad a su amada dueña, asustándola y haciéndola chocar con aquel paraguas.
—Romeo, te he dicho mil veces que no te aparezcas de la nada...
Entonces notó algo.
—¿Y esa nota?... ¿Cómo?... ¡Pe-pero tú habías fallecido hace cincuenta años!
