El premio a la generosidad
Ernestina de los Olmos García descubre que el ayuntamiento premiará a la persona más generosa de Buenaventura. Convencida de que recibirá una fortuna, decide convertirse en la vecina más caritativa del pueblo.

En Buenaventura nunca se habían hecho muchas obras de caridad. Pero llegó el día en que el alcalde decidió premiar la generosidad.
—¡Atención! ¡Acérquense todos! —gritaba un empleado del ayuntamiento—. Quiero informarles que, al final de este mes, premiaremos a la persona más generosa del pueblo. Tomaremos en cuenta cada obra, a quién benefició y cómo mejoró nuestro pueblo.
—¿Escuchaste eso, Keta? —preguntó Ernestina a su hermana—. ¿Enriqueta? ¡Keta, ven para acá, mujer!
—¿Qué pasa, hermana? —preguntó Enriqueta.
—Que van a premiar a la persona más generosa del pueblo.
—No me digas que tú piensas competir —dijo Enriqueta entre risas—. Pero, Ernestina, ¡si los vecinos de al lado tuvieron que caminar al otro pueblo a buscar agua mientras tú escondías cinco galones debajo de la mesa!
—¡Qué buena idea me acabas de dar, hermana! Yo tengo acceso directo al manantial. Entonces, recogeré agua y la regalaré todos los días. ¿Cuánto crees que será el premio? ¿Un millón?
—Ernestina, por favor. Quizás sea solo un trofeo.
Esa noche, Ernestina pasó horas recolectando agua para montarla en su carreta y repartirla entre los más necesitados.
—Vaya, Ernestina. ¡Qué buena obra! —exclamó el empleado del ayuntamiento—. Seguro te ganas el premio.
Seguro que sí, pensó Ernestina.
Durante los siguientes quince días, Ernestina recolectó agua del manantial, la montó en su carretilla y la repartió a domicilio entre los más necesitados.
Otros pobladores ayudaban barriendo los pasillos de sus edificios, cargando las bolsas de los viejitos y colaborando esporádicamente en la parroquia.
Nadie más está interesado, pensó Ernestina. Este milloncito sí que será mío. Y después que lo tenga, adiós al agua gratis. Voy a montar una empresa embotelladora de agua. Haré mucho dinero.
Finalmente, llegó el último día y Ernestina ya estaba cansada de hacer el bien. Al fin y al cabo, no era lo suyo. Solo estaba enfocada en su millón de dólares.
—Keta, en cualquier momento mencionan mi nombre en el ayuntamiento. Vamos rápido, que quiero verles la cara a todos.
—Claro. Sí que te has esforzado. Nunca te había visto ayudar a nadie, hermanita.
—Creo que ya invertí lo suficiente. Ahora cobraré mi cheque, pondré una empresa embotelladora de agua y me tendrán que pagar por todo lo que he hecho por ellos. Ya verás.
—¡Atención! ¡Acérquense todos! —pidió el empleado del ayuntamiento—. Hace dieciséis días les dijimos que, a final de mes, daríamos un premio a la persona más generosa del pueblo.
—Esa soy yo, Keta. Yo soy la dueña de ese premio.
—Alcalde, el micrófono es todo suyo.
—¡Hola a todos! —exclamó el alcalde—. Hoy nos reunimos para felicitar a nuestra ganadora: la señora Ernestina de los Olmos García, la persona más generosa del pueblo. ¡Aplausos, por favor!
Todos se miraron entre sí, incrédulos, y empezaron a aplaudir lentamente.
Ernestina se colocó frente al micrófono.
—Gracias. Para mí es un honor servirles a todos. Con este dinero crearé nuevos trabajos…
—No, no, Ernestina, no —interrumpió el alcalde—. ¿Qué dinero? El premio es ser reconocida como la persona más generosa del pueblo. ¡Aplausos! ¡Aplausos para Ernestina, por favor!


