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El turno

Elegante, serena y con un sarcasmo impecable, Roberta Pillier lleva tres horas esperando una consulta médica. Cuando un empleado le exige demostrar que realmente ha estado esperando, descubre que la paciencia tiene límites. La compostura, jamás.

Mujer elegante de cabello corto y vestido rojo sostiene una taza de café en una sala de espera, mientras otras personas aguardan su turno.

Una persona lleva tres horas esperando en una oficina pública.

Cuando finalmente llaman su número, el empleado le informa que, para ser atendida, debe demostrar que todavía está esperando.

—Claro, sí, aquí estoy. Esperando, ¿no? —aseguró Roberta.

—Que esté aquí no es suficiente para probar que estaba esperando —le respondió el empleado.

—¿Por qué otra razón estaría aquí tres horas si no es esperando? —reclamó Roberta con incredulidad.

—No me está entendiendo, señora…

—Roberta.

—Correcto, señora Roberta. Le explico: estar en esta sala durante tres horas no necesariamente significa que haya estado esperando. Puede ser que estuviera descansando, por ejemplo, o que haya venido a tomarse un cafecito, un té o a pasar el rato —explicó el empleado.

—Mmmmm, no. Todo eso lo pudiera hacer en otros lugares, con mejores salas, mejores asientos, mejor café… Por cierto, aquí ni azúcar prieta tienen. Apunta ahí en tus notas: «Comprar azúcar prieta para el café» —respondió Roberta.

—Ya. «Ordenar azúcar prieta para el café». Anotado. Gracias, y disculpe por la falta de azúcar. Ahora, regresando a lo importante, por favor, pruebe que estaba esperando a ser atendida.

—Toma.

Roberta le entrega un papel al empleado.

El empleado se pone pálido y traga en seco.

—Ya veo. Tiene una confirmación de cita con la doctora Pillier a las once de la mañana. Pase, señora Roberta… Roberta Pillier. Y disculpe la molestia. Que tenga una buena cita con su doctora, su hija. Adiós. Digo, no. Adiós, no. Bienvenida.

Roberta camina hacia el consultorio de su hija, la doctora Pillier.

El empleado le dice en voz alta, desde lejos:

—Para la próxima, que espero que no haya próxima, no porque no la quiera aquí, sino porque espero que se sienta mejor, le voy a tener el azúcar prieta. Señora Roberta, ¿me escuchó? Si quiere, venga mañana para tomarnos el café. ¿Sí?

—¡Ya cállate! —respondió Roberta a través de la puerta cerrada del consultorio de su hija.

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