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La última queja

En una ciudad donde quejarse está prohibido, Luisa recibe una visita oficial por su bajo nivel de satisfacción. El inspector llega para corregir su actitud, pero la conversación toma un rumbo inesperado.

Mujer de espaldas con el brazo derecho levantado sobre la puerta y la mano izquierda en la cintura, frente a un empleado municipal con documentos.

En una ciudad donde está prohibido quejarse, todos los ciudadanos reciben cada mañana una puntuación de satisfacción.


Quienes bajan del 90 % deben asistir a un curso obligatorio de gratitud.


Una mañana, Luisa recibe una notificación:


«Su nivel de satisfacción ha descendido al 12 %. Un inspector llegará a su domicilio en diez minutos».


Luisa mira la notificación, suspira y dice:


—Bueno, que venga, que lo estoy esperando.


Diez minutos después, suena el timbre.


Luisa abre la puerta con el brazo derecho apoyado en el marco y la mano izquierda en la cintura.


—¿Por qué diez minutos? Mi casa queda a menos de una cuadra del ayuntamiento.


—Señora Luisa, vengo a dialogar. En esta ciudad lo tenemos todo. No hay ninguna razón para quejarse. De hecho, no sé si lo sabe, pero está prohibido.


—¿Prohibido? ¿Prohibido decir que esta ciudad es aburridísima?


El inspector abre los ojos con incredulidad. Se pone nervioso y comienza a tartamudear.


—¿P-p-puede decirme por qué piensa que la ciudad es aburrida? Tenemos playa, parques, eventos anuales…


—No tenemos bares, teatros, cines…


El inspector la interrumpe.


—Los bares no traen nada bueno. Solo vicios, peleas…


—Un lugar donde reunirnos para ver eventos televisivos, como competencias deportivas, por ejemplo… Ya que no tenemos televisores en casa.


—Señora, ¿le digo algo?


—Mmmm. Suéltalo.


—A mí también me gustaría ver eventos deportivos… Escucharlos por la radio en el parque me parece aburrido.


Luisa se queda boquiabierta.


—¡José Luis! ¿Eso es una queja?


—Puede ser.

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