No abras la puerta
Una advertencia aparece en el espejo empañado de Andrea: «No abras la puerta». Lo que comienza como una noche de terror termina convirtiéndose en una discusión familiar bastante conocida.

Andrea entra en el baño y descubre una frase escrita sobre el espejo empañado:
«No abras la puerta».
Lo extraño es que todavía no se ha duchado.
—Mmmm. No abras la puerta. ¿Cuál de todas? ¿Por qué está empañado el espejo si nadie se ha bañado? Quizás dejé la calefacción muy alta. Bueno, yo no sé si la calefacción hace esto. La verdad es que tampoco me importa. No tengo tiempo para estos chistes estúpidos.
Andrea se queda mirando el espejo.
—El problema es… ¿quién es el chistoso si yo vivo sola? No sé si asustarme o no. ¿Habré sido yo misma?
Camina hacia la cocina para llenar su jarra de agua antes de irse a dormir. La luz del refrigerador ilumina su pequeño apartamento.
Andrea se percata de que hay una sola puerta cerrada.
Empieza a sentir un calor intenso que le sube por la espalda y el cuello.
—Yo nunca he cerrado esa puerta. De hecho, no tiene ni cerradura. Es la única que no tiene cerradura. Está solo echada hacia delante. Se abriría con una brisa.
De pronto, empieza a tronar y a llover muy fuerte.
—No avisaron que habría tormenta. Y yo con esta maldita puerta. La voy a abrir.
Andrea abre suavemente la puerta y suelta un grito espeluznante.
—¡Papá! ¡Qué susto me has dado! ¿Qué haces en mi casa?
—Hola, hija. Yo también te quiero y estoy muy feliz de verte. No sé si viste la nota… «No abras la puerta».
—Sí, la vi. ¡Casi me matas de un susto! ¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?
—¿Desde cuándo los hijos cuestionan a los padres?
—Desde que se meten como ladrones en sus casas.
—Andrea, este apartamento es mío. No sé si se te olvidó que te dejo vivir aquí gratis.
—Ah, sí. Es cierto. Debe ser esa la razón por la cual esta puerta no ha sido arreglada en los tres años que llevo aquí.
—¡Qué descaro el tuyo! Arréglala tú. Y ya déjame dormir.


